Hay cenizas y se respira el olor a quemado en la céntrica parroquia de La Asunción. Desde el suelo de la nave principal se pueden ver las nubes: el techo está totalmente destruido. Tampoco está el campanario de la iglesia, que le daba identidad al barrio. Sus dos campanas cayeron desde la altura cuando se desplomó la torre; una se destruyó y la otra fue rescatada de los escombros. Bancas y altares fueron quemados y destruidos antes, durante las protestas del año pasado. Tras los ataques de 2019 se habían puesto latones en las puertas y protección en los vitrales, pero no fueron suficientes.

La semana pasada hubo una reunión al interior de este centenario templo, emplazado en Vicuña Mackenna. La idea era anunciar la fecha del comienzo de las obras de recuperación el 8 de noviembre de 2020, y se coordinaron los planes para el inicio de las obras. Ya tenían los planos antiguos de la iglesia, facilitados por la Municipalidad de Santiago, estudios históricos y constructivos.

El ambiente era tenso. La iglesia siguió sufriendo, durante 2020, continuos y amenazantes rayados. “Por su ubicación, a pocos metros de la Plaza Baquedano, en la parroquia se vivía una sensación de inseguridad constante, incluso durante la cuarentena. Desde 2019, los muros han sido rayados por dentro y por fuera con consignas contra la iglesia y los sacerdotes, con frases como ‘Hasta verla arder'”, explica María de los Ángeles Covarrubias, presidenta de la fundación “Ayuda a la iglesia que sufre” (ACN Chile), organización que apoya a los cristianos en el mundo que son perseguidos por su fe o sufren graves necesidades.

“Ver el incendio intencional de una iglesia destruye el alma”, agrega Covarrubias. “Revela el nivel de fractura de nuestra sociedad, donde pequeños grupos se sienten dueños de la verdad y con el derecho a destruir y celebrar la caída de lugares que representan la fe de una comunidad. La irracionalidad y el odio que vimos atenta contra un derecho humano fundamental, que es la libertad religiosa. La violencia no debe tener cabida en una sociedad que se dice democrática”.

El párroco de la iglesia, padre Pedro Narbona, relata que todavía lo remece el “eufórico festejo cuando cayó la torre del templo este domingo, que me recordó cuando decapitaron, en noviembre de 2019, la imagen de la Virgen que estaba en el frontis de la iglesia. Duele que la comunidad ahora haya quedado sin lugar para reunirse, una salita que usábamos fue completamente vandalizada. Aquí en la iglesia hay una historia viva, que va más allá de sus muros. Es toda la relación con Dios de muchas personas que venían a rezar, que bautizaron a sus hijos, que se casaron, que despidieron aquí a sus muertos”.

Magdalena Lira, directora nacional de ACN Chile, revela que “desde el primer ataque vandálico, el 8 de noviembre de 2019, el párroco Pedro Narbona y ACN nos unimos para recaudar fondos para restaurar la iglesia. Estábamos afinando el proyecto con un equipo de profesionales. El 8 de noviembre, cuando se cumpliera un año del primer ataque vandálico, el párroco iba a anunciar la fecha de inicio de las obras. Nuestros planes quedaron hechos trizas”.

El proyecto contemplaba reponer el mobiliario de la iglesia (altar, bancos, imágenes religiosas) que fue incendiado, destruido y usado para hacer barricadas a fines de 2019. “También restituir su iluminación, pintura y terminaciones de muros y cielos. Muy relevante era el proyecto de seguridad para el perímetro de su fachada. Especialmente sus cuatro portadas y ventanales”, dice Lira.

Pese a la desazón y sacando fuerzas de flaqueza, hoy persiste la idea de salvarla. Al menos los muros laterales siguen levantados, aunque aún no hay estudios concluyentes sobre su estado. “Los fieles necesitan un lugar digno para encontrarse con Dios, celebrar los sacramentos y reunirse. No se trata solo de un edificio físico, que en algunos casos tiene valor patrimonial, sino que es la custodia de la historia de una comunidad”, señala Covarrubias. ACN Chile ha levantado, tras el terremoto de 2010, 45 capillas de emergencia y ha restaurado nueve iglesias chilenas dañadas por los terremotos de 2005 y 2010. “Pero hace unos años no imaginábamos ver en Chile iglesias ardiendo por la intolerancia”, señala Covarrubias.

Para el decano de Arquitectura de la UDD, Pablo Allard, la iglesia de La Asunción tenía un significado personal: su madre, Angélica Serrano, había donado una imagen pintada por ella al templo. “Pienso que, más allá del credo o denominación, los templos son obras que dan cuenta de la fuerza del misterio de la fe y la búsqueda de la humanidad por encontrar trascendencia más allá de lo material. Son lugares esencialmente comunitarios, que no solo prestan el servicio de llevar la liturgia de la palabra a los creyentes, sino también son centros de ayuda y apoyo a los más vulnerables, y son parte de nuestro patrimonio tangible e intangible. Aunque los recursos son escasos, creo que la reconstrucción de estas iglesias debería ser tomada como una obra de reparación y compromiso para la paz social”, señala el arquitecto y urbanista.

Al reconocido fotógrafo y documentalista Pablo Valenzuela Vaillant le tocó fotografiar los incendios del domingo y visitó ayer las ruinas de las dos iglesias. Quedó muy impactado. “A partir del estallido social, comencé a realizar un trabajo fotográfico, concentrado en la plaza Italia y sus alrededores. Un registro urbano del sector, tomado en distintas fechas”, explica. “Ver y fotografiar estas dos iglesias incendiándose me impulsa a hacer un llamado transversal, sin distinción política ni de ningún tipo, para unirnos y cuidar nuestro patrimonio natural y cultural, para el bien de esta y las futuras generaciones”.

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La iglesia de La Asunción se levantó en el siglo XIX para asistir a la creciente población de Providencia y del sector del antiguo “Camino de cintura” (hoy Vicuña Mackenna). Según el libro del padre Raimundo Arancibia, “Parroquias de Santiago”, para financiar su construcción se utilizó la donación del sacerdote Francisco Matte Mesías, establecida en su testamento. De estar originalmente dedicada a san Francisco Solano, la proyectada iglesia pasó a denominarse “La Asunción de la Virgen María”, para así cumplir con la petición del presbítero Matte.

Las obras terminaron en 1879. El arquitecto Hernán Rodríguez investigó la arquitectura e historia de la iglesia. “Fue construida con tres naves y un amplio presbiterio, que incluía un antiguo comulgatorio con balaustrada de mármol. En las naves laterales se repetían los arcos de la nave principal. Si bien el interior del templo tenía una rica decoración de estuco, pilastras y cornisas, su exterior era sencillo y destacaba sobre la portada principal un gran ventanal redondo o rosetón, solución propia de las fachadas góticas”.

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“Perder, en un solo momento, dos piezas tan importantes de un periodo histórico, en ese emplazamiento, que no son reemplazables, es algo que me parece que nos debiera llevar a una reflexión”, comentaba el subsecretario del Patrimonio Cultural, Emilio de la Cerda, en la mañana de ayer, luego de visitar las dos iglesias incendiadas en la tarde del domingo.

Acerca de la iglesia de San Francisco de Borja, el subsecretario describe que se cayó toda la nave central y el ábside; se quemó el envigado y el artesonado. A lo que se suma, agrega, la destrucción de los vitrales, los más antiguos de Chile, según se ha descubierto tras las investigaciones realizadas después del incendio del 3 de enero de este año que sufrió esta misma iglesia. De la Cerda señala que se confirmó, por la firma de los vitrales, que estos eran franceses. “Estamos coordinando que el retiro de las piezas sea con ojo experto y no de manera basta, porque en esos escombros hay parte importante de los valiosos vitrales. Y estos hay que conservarlos pieza por pieza, tanto para una posible restauración como para identificarlos en los catálogos que mantienen los vitralistas franceses”, afirma.

La construcción de la iglesia se inició en 1872, como parte del Hospital San Borja, y se mantuvo como testimonio patrimonial después de que se remodelara este lugar. Neogótica, con rosetón, vitrales, campanario, aguja, arbotantes y muy esbelta —todas características del estilo—, la iglesia representa un momento determinado de la expansión de Santiago, junto con la Iglesia de La Asunción, también quemada. De la Cerda explica que antes de la intervención que, en la década de 1870, hizo el intendente Benjamín Vicuña Mackenna hacia el sur de la ciudad, creando lo que hoy es la avenida que lleva su nombre, la única iglesia de la Alameda era la de San Francisco, colonial, de piedra y adobe, y muy pesada. Estos dos templos, construidos en un nuevo sector de la ciudad, muestran “un país que se está desembarazando de sus referentes coloniales y está trayendo imaginarios republicanos más franceses. Ambos templos dan cuenta de esa relación”.

El subsecretario también aclara la importancia del patrimonio más allá de la construcción material. “El patrimonio cultural pertenece a comunidades vivas y detrás de todos estos incendios hay comunidades afectadas, que están sufriendo y que se sienten ofendidas. En un diálogo futuro de cómo queremos construir nuestra sociedad, no es aceptable que alguien llegue a esbozar siquiera que la destrucción de los símbolos de ciertos grupos es condición necesaria para avanzar hacia el lugar que sea”.

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