Las mujeres hacen más intentos, pero los hombres tienen más suicidios consumados

Boris Marini (59) recuerda muy bien unas vacaciones en Estados Unidos con su hijo Ángelo. No fueron hace mucho: en julio de 2017. Cuenta que un día paseaban por el Central Park de Nueva York, hablando de lo bien que se sentían de conocer lugares que antes solo habían visto en películas, “hasta que en un minuto Ángelo me dice: ‘Don Boris', así me llamaba de cariño, ‘lo que pasa es que yo he vivido tanto'. Pero en ese momento no entendí por qué un joven de 23 años diría eso”.

Pasarían meses antes de que lo comprendiera.

Padre e hijo tenían una relación estrecha: solían ir al cine los fines de semana y siempre veían fútbol juntos. De hecho, viajaban cuando la selección chilena jugaba en el extranjero. La última vez, en marzo de 2017, vieron Chile contra Argentina. Ángelo era capitán del equipo de fútbol de la Universidad Diego Portales, donde estudiaba Ingeniería. Allí era un alumno de rendimiento destacado, dice el padre.

Martillero de profesión, Boris Marini está en el living de su casa en Las Condes junto a Paula, su hija mayor. Tras un breve silencio, agrega que Ángelo era introvertido e inteligente, que era fanático de la tecnología y que como no salía mucho, pasaba buena parte del tiempo con su familia. Además, le gustaba la música y estar con Agustina, su sobrina, hija de Paula.

El sábado 19 de agosto de 2017, Ángelo acompañó a la niña al Movistar Arena a ver Disney on ice. En las fotos de esa tarde se ven disfrutando del espectáculo. Dos días después, el 21 de agosto, Ángelo Marini se suicidó.

La muerte de Ángelo es parte de las 1.878 personas que se quitaron la vida en Chile ese mismo año. Las estadísticas no están al día. Las de 2017 son las más recientes a las que pudo acceder “Sábado” tras realizar una solicitud de datos de suicidios en todo el país desde 2010 al Servicio Médico Legal, a través de la Ley de Transparencia, y a la Subsecretaría de Salud Pública. La desactualización de las cifras, y una leve diferencia entre ellas, según explican desde ambos organismos, se debe a las dificultades para corroborar la información.

También en 2017, el grupo etario de Ángelo, entre 20 y 24 años, fue el que registró más defunciones por suicidio: un total de 196. En promedio, equivale a cuatro suicidios a la semana. Según las estadísticas de Salud Pública, en ese mismo rango de edad, 14 de cada 100 mil jóvenes se quitaron la vida ese año, una de las tasas más altas del país. La mayor corresponde a las personas con 80 años y más, con 15 suicidios cada 100 mil personas.

Se ve que para Boris Marini aún es difícil hablar de la muerte de su hijo. “Uno se muere con ellos. Cuando uno pierde a sus papás, quedas huérfano; cuando pierdes a la señora o al marido, quedas viudo; pero cuando pierdes a un hijo, no existe el término…”. Hoy participa en una fundación que brinda apoyo a padres que perdieron a sus hijos y ha buscado terapias alternativas para lidiar con su dolor. Con el tiempo, dice, se dio cuenta de que Ángelo estaba más solo de lo que se veía.

Marini recuerda que cuando su hijo salió del Instituto Nacional no sabía qué estudiar. Primero entró a Psicología en la Universidad de Chile, pero no duró un mes en la carrera, porque no le gustó el ambiente. Luego se tomó un año sabático y comenzó a ir al psicólogo para resolver su crisis vocacional. Estuvo ocho meses en terapia. A Boris le dijeron que Ángelo ocultaba mucho las cosas. Al otro año se inscribió en la Diego Portales. Le gustó Ingeniería, entró al equipo de fútbol e hizo amistades. La familia quedó tranquila.

“Un hijo puede estar tan cerca y a la vez tan lejos; es lo que me pasó a mí. Uno se mortifica con esa noche anterior: qué debe haber estado pensando esa mañana que estuvo solo acá en la casa”, relata Marini.

Luego de la muerte de Ángelo, sus hermanas buscaron algo que explicara su decisión. Revisaron su pieza, su ropa, su computador y no había nada. Fue en su celular, donde en las pestañas ocultas encontraron que él había investigado cómo hacerlo.

También revisaron las cámaras de la casa, donde están sus últimas horas de vida. Por eso Boris Marini sabe que anduvo en el patio, que se rascaba la cabeza y que le sonaba el teléfono y no lo contestaba. “Todo ese sufrimiento que para uno son minutos, para ellos es un tiempo interminable de agonía”, dice el padre.

Hasta hoy su pieza se mantiene casi intacta. Están su cama, su computador, gran parte de su ropa, copas de fútbol, tres guitarras y una pizarra con decenas de mensajes de sus amigos y familia. “Fuiste mi luz y lo seguirás siendo”, se lee en uno de ellos.

En Chile, de acuerdo a los datos recopilados por “Sábado”, hay en promedio un suicidio cada cinco horas. La cifra es tan alta, que en 2017, por primera vez, fue la principal causa de muerte no natural, por sobre los accidentes de tránsito, según datos del Ministerio de Salud. De 2010 a 2017 hubo un total de 14.967 suicidios. Durante ese período, las tasas se mantuvieron relativamente similares, con un peak de 11 suicidios cada 100 mil habitantes en 2010 y 2011.

“El suicidio es tan multifactorial que es difícil saber dónde atacar”, explica Paulina del Río, psiquiatra de la Fundación José Ignacio, que entrega apoyo a personas con riesgo de suicidio. También comenta que no solo afecta a personas con patologías de salud mental, pues hay muchos casos sin señales previas. “Es el resultado de un dolor que fue insoportable y ese dolor puede ser de cualquier tipo, no solo depresión. Es no haber visto salida”, afirma.

Según Del Río, las presiones sociales y la soledad son detonantes a la hora de analizar causas, y pone énfasis en que el problema es un tema tabú del que la gente a veces prefiere no hablar. “Hay que romper la fantasía de que es algo que toca a algunos de forma lejana, rara”, señala y añade que los países con menores tasas de suicidio son aquellos que han invertido en bienestar social.

La misma idea comparte Alberto Larraín, psiquiatra y director ejecutivo de la Fundación ProCultura: “El tema del suicidio es importante porque es como nuestro infarto. En todos los países del mundo donde los sistemas de salud mental han avanzado, lo han hecho a partir de la implementación de políticas de suicidio”. Para Larraín, Chile vive una crisis de salud mental: a su juicio, solamente el 20 por ciento de la población tiene la atención que requiere.

El presupuesto para este ítem en Chile representa un 2 por ciento de todo lo que se gasta en salud. En específico, el Programa Nacional de Prevención del Suicidio, a cargo de la Subsecretaría de Salud Pública, contempla un presupuesto de $147 millones en 2019, según información entregada por la Oficina de Presupuesto del Congreso Nacional.

Esta cantidad de dinero es menor que la de otros programas de Salud Pública. En 2018, por ejemplo, de acuerdo al último Informe de Ejecución de Glosas de la Ley de Presupuesto, el Programa de Tenencia Responsable para Mascotas se adjudicó $263 millones, mientras que el de prevención del suicidio $187 millones. En 2017 la diferencia fue aún más grande: mascotas recibió $125 millones más que suicidios.

“Es fundamental entender que el presupuesto en un problema tan importante como este nunca va a ser suficiente. De todas maneras, lo hemos pedido como subsecretaría y como Ministerio de Salud”, explica el jefe del Departamento de Salud Mental de la cartera, Matías Irarrázabal.

“Hay varias otras cosas que justifican el financiamiento de prevención del suicidio, pero que muchos de quienes toman la decisión no entienden del todo, porque la tasa es baja comparada con otras patologías”, dice. Irarrázabal considera que algunos de los impactos del suicidio, a diferencia de otros problemas de salud, es el efecto que provoca en las familias. Recientemente el Ministerio de Salud publicó una guía de prevención de la conducta suicida en establecimientos educacionales, debido al aumento de la tasa de suicidios en adolescentes.

El Programa de Prevención del Suicidio —que funciona desde 2015— opera en base a “componentes”, en los cuales se incluye vigilancia y seguimiento de pacientes que lleguen con intento de suicidio a diferentes establecimientos de salud. Las Seremis de Salud de cada región son las encargadas de ejecutar varios aspectos del programa, que también requiere del trabajo intersectorial entre ministerios. No obstante, según el Informe de Seguimiento de Programas Sociales de 2017, solo hay tres regiones (Aysén, Coquimbo y O'Higgins) que han implementado acciones de prevención. El documento también revela una cifra más preocupante: solo 6,8 por ciento de las personas que presentan problemas relacionados con suicidio acceden al programa. La Subsecretaría de Salud Pública dice que hoy el programa funciona en todas las regiones del país, con diferentes niveles de avance en sus “componentes”, y que debido a esto el porcentaje de acceso al programa es mayor, aunque no informaron un número.

En la comuna de El Bosque, en una casa sin timbre, con un pequeño patio y rejas negras, tres perros ladran cada vez que alguien pasa cerca. Adentro, el living es estrecho. Tiene piso de cerámica rojo, un refrigerador y una mesa de comedor que ocupa gran parte del espacio. Al fondo hay un estante de madera con un gran equipo de música. Y en un costado, una foto de un joven. Tiene el pelo corto peinado hacia arriba, las cejas arregladas y una polera con cuello en v que denota un físico trabajado. Su nombre es Cristian Pizarro. A los 25 años, el 10 de mayo de 2015, se suicidó.

Cristian es parte de los 1.457 hombres que se quitaron la vida ese año. Muchos más que las 378 mujeres registradas en el mismo período. Esta diferencia entre ambos sexos se mantiene en los ocho años de datos analizados. Durante ese tiempo se suicidaron 12.247 hombres y 2.720 mujeres. Las tasas también son mucho más altas en hombres que en mujeres.

La mamá de Cristian, Elcira Vidal, cuenta que era el quinto de sus ocho hijos. Dice que todavía lo echa de menos y que llora todos los días. “Hoy paso sola; estoy de más aquí. No trabajo, no me dan ganas de hacer comida, nada. Yo hago las cosas porque siempre he sido limpia y ordeno, pero todo lo demás a mí me da lo mismo”, confiesa.

Junto a ella está su hija menor, Nayaret, de 20 años, quien fue muy cercana a Cristian. Él la cuidó desde pequeña mientras su mamá salía a trabajar. “Él era siempre feliz, siempre alegre, incluso todas las tardes llegaba a la pieza de mi mamá a ver Dragon Ball”, cuenta Nayaret. Esas tardes, viendo la TV, es una de las cosas que más extraña, agrega.

Ambas cuentan que Cristian empezó a trabajar desde muy joven y que era vanidoso. Nayaret recuerda que le pedía sus cremas para la cara y las piernas. Había fines de semana en que se duchaba tres veces al día y constantemente se lavaba los dientes. Cuando iba a salir, le pedía a su hermana que se parara al lado de él para olerle el perfume.

Tuvo cuatro pololas. Con una de ellas tuvo una hija a los 19 años, que falleció antes del parto. Para su familia, ese fue un punto de quiebre que puede haber influido en su suicidio. “Nunca hemos sido de conversar las cosas, tenemos poca comunicación (...). Por ejemplo, si yo le tocaba ese tema, él lo evadía, no le gustaba hablar de eso ni entrar en detalles, no le gustaba que lo vieran mal tampoco, ni sus amigos”, explica Nayaret. La joven relata que luego de esa pérdida, Cristian empezó a llegar borracho a la casa. Ella tenía que esconderlo para que no lo pillara su mamá.

Esa muerte también hizo que se potenciara otra de sus características: la sobreprotección. No le gustaba que la casa estuviera sucia y retaba a la gente que desordenaba. No soportaba que sus hermanos tomaran alcohol en la casa, porque decía que era una falta de respeto para su mamá. Lo mismo pensaba sobre llevar mujeres. Cuando Nayaret salía por el barrio, Cristian solía vigilarla. A veces la mandaba de vuelta para la casa para mantenerla alejada de sus amigos. Nayaret dice que siempre lo tomó como un signo de cariño.

La sobreprotección fue aún mayor cuando tuvo a su segunda hija, a la cual solo podía ver de vez en cuando por estar distanciado de su madre. “Si él hubiese tenido plata para meterla en una burbuja y dejarla ahí y que no tocara nada, lo hubiese hecho”, cuenta su hermana. Por lo mismo, se le hacía muy difícil cuando no podía estar con su hija, según su familia.

El último día de su vida, el joven se comportó diferente, cuenta Elcira. En la celebración del Día de la Madre, conversó más de lo que acostumbraba e incluso hizo algo inesperado: se tomó un trago con Elcira.

Horas después se suicidó.

A cuatro años de su muerte, sus amigos y su familia todavía se reúnen para celebrar el cumpleaños de Cristian y le publican mensajes de cariño en Facebook. El pasado 23 de junio, en el Cementerio Metropolitano, le hicieron una misa de conmemoración.

“Cuando se fue, no se fue solo él, se llevó a mi mamá. La vi llorar todos los días (...). Yo sé que nunca un abrazo mío va a consolar lo que le está pasando a mi mamá”, dice Nayaret.

Una de las preocupaciones de los especialistas en torno a los suicidios es el alto número de adolescentes y jóvenes que deciden terminar con su vida antes de tiempo. Para la psiquiatra Paulina del Río esto se debe a la gran presión que sienten ante diferentes circunstancias. “Tienen que lidiar con una intensidad emocional mayor a los mismos desafíos que el resto. Ese es un factor, pero no el único”.

El psiquiatra Alberto Larraín agrega otro: “Se acepta el argumento de que la explotación está bien. Somos uno de los países que más trabaja, con bajos niveles de productividad”.

Rocío Faúndez, trabajadora social y jefa de Desarrollo de Contenidos de la Fundación Todo Mejora, que busca dar apoyo y orientación de forma no presencial a niños y adolescentes, argumenta que muchas de esas presiones antes estaban naturalizadas, y que hoy eso ha cambiado. “Nuestros papás lo vivían como un ‘es la vida'. Pero hoy se vive de otra manera”. También explica que los jóvenes sienten que existe un “mandato de la felicidad”. “A la tristeza que pueden sentir —sea porque terminaron una relación, porque están deprimidos, etc.—, se suma la frustración por no estar a la altura de ese mandato”, dice.

Según las cifras recopiladas por “Sábado”, varios peaks importantes de suicidios se registraron durante celebraciones como Fiestas Patrias, Navidad y Año Nuevo. Hecho que respalda Alberto Larraín: “Son las tres celebraciones familiares más importantes del país, y tiene que ver con la soledad. El día en que todo el mundo está feliz, tu tristeza es más profunda”.

Las líneas de ayuda son una de las formas más recurrentes para entregar apoyo a las personas con riesgo de suicidio. Por una parte, el Ministerio de Salud tiene “Salud Responde”, que además de apoyar a estas personas, es un canal que resuelve diferentes tipos de dudas de los usuarios. Por otra, tanto Fundación José Ignacio como Todo Mejora crearon líneas telefónicas que primero apuntaron a segmentos específicos, pero que debieron ampliar sus servicios debido a la alta demanda.

En 2018 la línea de ayuda de Todo Mejora, “Hora Segura”, atendió 6.902 llamadas: la gran mayoría fueron realizadas por mujeres. “Ellas piden más ayuda, por construcciones sociales o culturales. Los hombres hablan menos de sus emociones, tienen menos capacidad de reconocer sus debilidades. Las mujeres hacen más intentos, pero los hombres tienen más suicidios consumados”, comenta Rocío Faúndez.

“En general, las mujeres tienen mayor resistencia al dolor y al maltrato, muchísimo más que los hombres, que tienen menos tolerancia a la frustración, son más impulsivos y tienden a resolver más rápido”, complementa Alberto Larraín.

Los expertos coinciden en que para combatir el suicidio, un aspecto fundamental, aunque no el único, es simplemente hablar. “Allí se produce un cambio súper importante, porque la otra persona se siente totalmente aislada del mundo, que no tiene vínculos, que ya agotó todas sus redes de apoyo, que está aburrida de ser la persona cacho”, comenta la trabajadora social de Todo Mejora. Añade que analizando las palabras que más se usan durante las consultas en su línea, el verbo “molestar” se repite mucho, ya que las personas suelen preguntar si están molestando a la hora de pedir ayuda.

“Diría que las personas más jóvenes tienen un cerebro más flexible y resiliente. Entonces, es más efectiva la ayuda cuando llega”, agrega Paulina del Río, que también hace hincapié en que hablar es solo el primer paso para detectar y prevenir tendencias suicidas.

La salud mental en los jóvenes también es un tema que recientemente ha movilizado a varias universidades y es una preocupación para los dirigentes estudiantiles. Según los resultados de la Primera Encuesta Nacional de Salud Mental Universitaria de Chile, 44 por ciento de los encuestados tuvo tratamiento psicológico y un 5,1 por ciento manifestó tener pensamientos suicidas.

La presidenta de la Federación de Estudiantes de la U. de Chile, Emilia Schneider, comenta que se está generando una mayor conciencia del tema dentro de las universidades. “Ha habido varios casos de suicidios, de intentos, de desapariciones de estudiantes por algún tiempo y preocupación por parte del estudiantado”. Schneider explica que han sido los propios universitarios quienes han forzado espacios de reflexión en torno al tema.

Agrega que, además de las presiones mencionadas por los expertos, existen también las cargas académicas, ya que los alumnos deben cumplir con altas expectativas, desde tener buenas notas a sostener una beca. Muchas veces, sigue Schneider, son ellos mismos quienes deben pagarse sus estudios. “Para qué voy a estudiar si voy a salir con una mochila llena de deudas, no voy a trabajar en lo que estudié y no voy a poder mejorar mis condiciones de vida”, enfatiza respecto de lo que piensan los alumnos.

La dirigente también menciona que la preocupación sobre temas de salud mental, incluido el suicidio, se ha presentado en gran parte de las universidades del país. En el caso de la Universidad de Chile, se está trabajando en la creación de una comisión especial, una encuesta de salud mental y el fortalecimiento de la atención médica dentro de la institución.

A los 10 años, Francisco comenzó a mentirles a los psicólogos. Dice que en su casa le pegaban por andar contando infidencias de la familia. En una familia con siete hijos, él era el mayor y el único de un padre diferente. Por ese motivo, asegura, su padrastro siempre lo trató distinto, llegando a episodios de maltrato y violencia.

Recuerda que en 2000, cuando estaba en quinto básico, el hombre le pegó con las leñas que ocupaban para calentar la casa. En adelante, Francisco comenzó a vivir en casas de otros familiares, pero cuenta que al poco tiempo no soportó estar lejos de su mamá. En segundo medio dejó el colegio y trabajó en una cafetería para ayudarla, hasta que en 2009 ella se separó definitivamente. La relación entre ambos comenzó a mejorar, pero en 2012 llegaría otro golpe: su madre fue diagnosticada de cáncer y a los seis meses murió.

Francisco dice que pronto dejó de verle el sentido a la vida. Días después del Año Nuevo de 2013, tras una reunión familiar, se intentó suicidar.

Lo siguiente que recuerda es que despertó en un hospital. “Había una doctora que me preguntó si me iba a querer matar si me mandaba a la casa. No sé cuál habrá sido mi cara, pero le dije que lo iba a seguir intentando hasta hacerlo, porque era mi manera de descansar”, cuenta Francisco vía Skype. Lo internaron durante tres semanas en un hospital psiquiátrico. Ahí tuvo terapia con un especialista que lo ayudó.

“Aprendes a sobrevivir creándote un personaje. Te creas un escudo (...). Este personaje siempre manipula, miente, trata de fingir. Ese tiempo con el psiquiatra entendí que no me ayudaba. Ahí me recomendaron enfrentar esa situación”, dice.

Tras su estadía en el hospital, Francisco revisó diversos foros de suicidios. Allí conoció a Paulina del Río, cofundadora de Fundación José Ignacio. “A veces me daban crisis obviamente, me quería desaparecer y (ella) siempre estaba a la hora que fuera. Empezó a notar un cambio en mí, fue la primera persona que me dijo que se me veía otra cara. En un momento me vi conversando con otros cabros que estaban como yo antes, con ganas de morir, y nos conteníamos”, relata.

Luego empezó a generar sus propias redes de ayuda. Se sentía apoyado hablando con otras personas que también pasaron por su situación. Hoy, a los 28 años, vive en Valdivia con su pareja. Sigue ligado al tema del suicidio haciendo voluntariados, dando apoyo y contando su historia de vida.

Francisco dice que es fundamental que la gente pueda pedir ayuda. “Que tomen la fuerza, tomen la decisión, que más lastimados de lo que ya estamos no vamos a estar. Cuando se toca fondo solo queda ir para arriba. Hay que intentarlo”.

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